Quizá desde siempre, los hombres entendierón que es en la soledad y el silencio que se encuentra la paz del corazón. Y muy rápidamente se enteraron de que se se encuentra mucho mejor aún: el Amo de los corazones y el Señor de la paz, Dios mismo.

Esta atracción hacia tesoros que el hombre busca más que todo, hizo nacer la vida monástica, los monasterios. De ellos tienen la mayoría de las religiones. Por supuesto, el Evangelio debía tener y debe aún tener hoy como fruta más natural, atraer a algunos hombres hacia una búsqueda total y absoluta de Dios. Para ser sinceros, es a cada hombre que Dios ofrece su amor y su alegría, y delante de tal oferta, todos deberían responderlo con entusiasmo por el presente de ellos mismos. Hay varias maneras de hacer este presente, varias vocaciones; ¿en qué consiste exactamente la vocación de un monje? ¿que es un monasterio precisamente?

Monjes, monasterio: estas palabras hacen a menudo pensar en edificios un poco misteriosos, rodeados con paredes, al refugio de los cuales pasa algo de serio, de religioso, muy cerca de Dios, pero que no se entiende muy bien.

¡Dios está allí! Se lo siente confusamente, y se viene, en gran número a veces. Se acerca de Dios, y eso está bien; se espera también que los monjes, que viven cerca de Él, son capaces de dar a sus hermanos los hombres un poco de paz, un poco de alegría, un poco de felicidad. Viven al servicio del Amo de la vida y de la muerte: tienen que saber, mejor que otros, cómo aliviar las angustias, cómo desenredar los problemas, cómo volver confianza en la vida cuando necesario.

Se viene, lleno de esperanza. Y solo Dios, quien sabe lo que hay en el corazón del hombre, podría decir en cada caso si esta esperanza se colmó o se decepcionó.

Lo que es verdadero, es que Dios se da a quien le busca de un corazón puro; pero, precisamente, todo está allí: es con un corazón puro es decir, quitado de todo amor ilegítimo, que es necesario buscarle, Dios, para que ilumine nuestro corazón y transforme nuestras vidas como lo quiere: y quiere siempre nuestro bien, nuestra felicidad verdadera. Es solamente el hombre al corazón puro que Dios bendice. Todas las bendiciones del mundo no sirven a nada si no se da su corazón a Dios.

Se puede encontrar a Dios con motivo de una visita al monasterio; se puede encontrarlo en innumerables otros lugares y circunstancias. Es eso que cuenta más que todo en una vida: entrevistar con su Creador, su Ahorrador, su Padre, más fiel y más blando de los Amigos, ese por quien y para quien somos hechos y fuera de quien no hay felicidad.

Los monjes al igual que los demás hombres, buscan la felicidad: un día Dios les hizo entender que la felicidad, es estar muy cerca de Él, a su servicio, con otros hermanos, en una vida donde todo se convierte en oración. Así viven los monjes. No se llama a los todos los hombres por esta vida ya que, para los niños de Dios, las vocaciones, las misiones, los tipos de vida son numerosos y variados; pero, siempre, para que una vida esté cumplida con felicidad (y no olvidan que se creó al hombre para la felicidad), es necesario que esté llenada con Dios. En efecto, tanta gente está buscando a esta felicidad en lugares donde no está. La Escritura nos informa: ningún de los falsos dioses: interés, dinero, potencia, gloria, que se fabrican los hombres puede satisfacer sus aspiraciones, no incluso cuando el hombre se diviniza él-mismo ¡sobre todo no, entonces!

¿Quienes son los Monjes?

Un monasterio es una escuela del servicio del Señor. En esta escuela, los monjes aprenden a servir a Dios, es decir, para vivir un poco mejor cada día como lo pide el Evangelio: esto es realmente el programa de cada bautizado, de cada cristiano.
Y, efectivamente, los monjes no tienen otro OBJETIVO que el de todos los cristianos. Simplemente, Dios les llama para que tomen MEDIOS diferentes.

¿Cuáles son pues estos medios?: una vida de comunidad, una norma que ordene a todas las cosas para que, en el trabajo, el silencio y sobre todo el rezo, el mundo, ayudado de sus hermanos, encuentre Dios.

Los monjes viven a veces solos: son entonces ermitaños; pero generalmente se reúnen en comunidad, y ésta se convierte en una verdadera familia. La vida de esta familia se ordena por una Norma; y esta Norma da una bonita definición del monje en que dice que es:

UN HOMBRE QUE BUSCA REALMENTE A DIOS.

Dice aún al monje que debe acordarse cada día que es para eso que vino al monasterio. Vino para Dios, porque comprendió que Dios es tan bonito, tan digno de nuestro amor, que, en adelante, no puede hacer otra cosa que darse entero a Él. Y sabe que al darse entero a Él no abandona a sus hermanos los hombres ya que el que se da a Dios aprovecha a la familia humana entera.

Este ideal, se lo ve, es grande y noble, y desde muchos siglos ha entusiasmado el corazón de los hombres, de toda edad, toda condición y todos paises. Pero la Norma añade, con sabiduría, que es un ideal exigente y que, para realizarlo, es necesario sobre todo basarse en la ayuda de Dios. Eso es lo que el Cristo Jesús decía en el Evangelio: Sinmigo vostros no podeis hacer nada. ¡Pero, añado San Pablo, con la ayuda de el que es mi fuerza, puedo todo! El monje viene pues para buscar a Dios al monasterio, viene para darse entero, y sabe que es en esta subvención generosa y fértil que encontrará la verdadera alegría.

¿Qué hace el Monje?

Ora; su vida es una vida en primer lugar de adoración, alabanza, acción de gracias, demanda, conversación íntima y cordial con Dios. Todo lo que hace, lo hace bajo la mirada del Señor, para agradarle, para mostrarle su amor, meditando pacíficamente su palabra. Hay varias oficios o reuniones de rezo, cada día; hay sobre todo la misa; y en otros momentos el monje reza en un contacto más personal con el Señor.

Para rezar bien, es necesario que el silencio reina en toda la vida, tanto afuera como en el corazón y los pensamiento; es necesario que los corazones y los cuerpos sean enteros a Dios, sin reparto. Esta es la razón por la que la Norma pide que el monje sea pobre, que se quede casto y que no se funde una familia, que él sea obedeciendo y humilde, viendo a Dios mismo en la persona del Padre del monasterio, de sus hermanos los monjes, de los pobres.

El monje tiene un profundo aprecio para todas las formas de vida cristiana: laica, religiosa, sacerdotal; pero siente y sabe que Dios quiere para él condiciones particulares, hasta cierto punto, un camino más corto y más directo. Es también un camino por el cual es necesario tener un alma decidido y perseverante, ya que a veces resulta duro. San Benito compara el monasterio a una escuela: y en esta escuela es necesario enterarse, estudiar de las cosas que agradan a Dios; también dice que el monasterio es una milicia, el ejército del Cristo-Rey: y en este ejército es necesario combatir, con un alegre calor, todo lo que desagrada a Dios.

El monasterio implica también un carácter solitario y retirado: eso se llama la separación del mundo; no hay vida monástica si no hay separación del mundo. Y sin embargo, los monasterios trabajaron mucho para la civilización, y aún lo hacen; pero algun presencia del mundo es necesaria, una verdadera solidaridad con sus dolores, sus alegrías, sus esperanzas y sus necesidades. Los monjes no descuidan esta presencia y esta solidaridad, pero toma en primer lugar para ellos la forma particular de una presencia constante y total a Dios; ante Dios los monjes saben que se comportan no solamente para ellos mismos, sino para todos los hombres a sus hermanos.

Esta vida que es, según Pablo VI, un preludio de la eterna beatitud, necesita pues silencio y soledad. Los primeros monjes se asentaron la mayoría de las veces fuera de las ciudades, desiertos, montañas, bosques, y desde entonces, los monasterios fueron construidos generalmente lejos de las multitudes, a menudo en sitios retirados, favorables al desarrollo de una existencia donde después del rezo, el trabajo tiene un gran lugar.

El trabajo de los Monjes

En primer lugar, los monjes deben conocer, y en consecuencia estudiar la Palabra de Dios: es lo que la Norma llama la Lectio divina o estudio de las cosas de Dios, estudio recogido y de imploración, que se acompaña de rezo y se continúa en el coloquio con Dios.

Travail au RucherLuego, el trabajo, intelectual y manual, según las necesidades del monasterio y las aptitudes de cada uno, forma parte de la vida de cada monje. Uno es realmente monje, nos recuerde San Benito, si vive trabajando con sus manos. A un monje le gusta el trabajo, el trabajo bien hecho, y, como dice la Norma, huye de la ociosidad. El trabajo manual no es ya, hoy día, el único medio de ganar su vida, pero tiene una importancia variable en todos los monasterios, donde nadie nunca le encuentra indigno de si. La Regla ha contribuido más de una vez que se valore, en epocas o en zonas en las que se consideraba el trabajo manual como inferior .

¿Se pregunta a menudo si los monjes son sacerdotes? La respuesta es la siguiente: pueden ser sacerdotes, pero no es obligatorio. En efecto, la vida monástica es un ideal que se basta y que no exige el sacerdocio. Es el Padre del monasterio que, si lo juzga necesario, llama tal o cual monje al sacerdocio, en nombre de la Iglesia; y en este caso, los que se llaman deben realizar los estudios que corresponden a las que se hacen en los seminarios.

¿Cómo toman parte los monjes en el trabajo apostólico de los sacerdotes, de los misioneros, de la monjas, etc? La respuesta es simple: los monjes tienen alta conciencia de su responsabilidad apostólica; miembros de la Iglesia, viven por ella, viven también para ella; pero entienden que, en la Iglesia, no pueden cumplir todas las funciones. Excepcionalmente pueden tomar parte del Ministerio pastoral ejercido por la clero diocesano: pero no es su tarea normal. Por el contrario, la función particular de los monasterios, la que nadie podrá llenar si no la llenan ellos, es en primer lugar ofrecer, a los que Dios llama, la posibilidad de darse entero a Él, de manera radical, plenaria e incondicional dice Pablo VI, en las condiciones anteriormente mencionadas: soledad, silencio, rezo y penitencia.

Luego, para toda la Iglesia (iniciendo por la Iglesia local, a la vida a la cual comulgan muy especialmente), los monasterios deben ser hogares de rezo, de conversación intensa con Dios, de estudio de las cosas de Dios, contemplación y caridad, pequeñas ciudades donde reina el Evangelio, donde el rezo es prácticamente continuo y donde se hace todo en la paz y en consecuencia en una alegría que ayuda a los corazones de los monjes y de sus visitantes para mejor encontrar a Dios; sin hablar de la acción invisible, sin duda la más importante, estas vidas ocultadas y humildes, ofrecidas al amor de Dios y de sus hermanos.

Los monasterios atraen visitantes; reciben huéspedes: ya que la hospitalidad es tradicional en los monjes. Hasta el final de la Edad media, sus hostelerías aseguraban a los viajeros morada y seguridad en las regiones apartadas, y a menudo peligrosas, donde se encontraban abadías y prioratos. Esta función ya no es muy necesario hoy. Al contrario, muchos, de todas edades, piden a los monjes compartir un tanto su vida; el Evangelio pide ver al propio Señor en el viajero; sobre este punto como sobre tanto otros, la Norma dice la misma cosa y pide ver el Cristo en los que se presentan al monasterio: huéspedes o pobres, visitantes o peregrinos. También buscan a Dios, a veces sin dudarse; y el contacto más o menos prolongado con la casa de Dios les permitirá, cuando habrá venido el tiempo, encontrar los caminos que conducen a Él; mejor, encontrarle, Él, y encontrarse ellos mismos en la luz; muchas veces Dios espera los quienes le gusta el examen del silencio y la calma.

Calma, paz, orden, alegría: todo eso irradia habitualmente de un monasterio y, si es realmente así, ya es una contribución importante a la edificación del Reino de Dios. La vida del monje es indiscutiblemente hermosa y noble; la Norma sin embargo previene lealmente que sea al mismo tiempo dura y áspera, que puede compararse a un estrecho camino, y que sube sin cesa; y en esta vía, es necesario esperarse a llevar, con Él que se sigue, una cruz. Las pruebas existen en todas las vidas: la vida del monje tiene pues también su parte. El ardor, el impulso de los primeros días no pueden siempre durar; deben dar paso a una tranquila perseverencia. Aquél que persevera, dice la Norma, conocerá poco a poco, a medida que se acercará a Dios, la alegría inefable de un corazón dilatado por el amor: Dios, en efecto, responde un día por el céntuplo a lo que le dan sus niños.

¿Cómo se organiza un monasterio?

La Norma pide que se se encuentre alrededor todo lo que es necesario para la existencia de la comunidad, para que los monjes no tengan que salir mucho, añando que eso no es bueno para su alma.

Cuando el terreno lo permite, los edificios están dispuestos alrededor de un patio y de un claustro. Cada monje dispone de una célula, es decir, de una pequeña habitación. En ella puede leer y estudiar; en ella también se descansa de noche. Una serie de locales están al uso común: cocina, refectorio, biblioteca, etc.
Distintos talleres (carpintería, garaje, mecánica, encuadernación, imprenta, etc.) existen, en número variable, en el propio monasterio, o muy cerca.

La mayoría de los monasterios tienen también un jardín, una huerta, una explotación que, en algunos casos, puede tener gran importancia.

Los monjes del Monte de los Olivos, además de un jardín, una huerta y algunos animales, así como varios talleres arriba mencionados, tienen una pequeña explotación de miel y fabrican cirios.

Sin embargo, el principal edificio del monasterio, muchas veces el más bonito, y sin embargo su centro espiritual, es la iglesia. Aquí el monje se vuelve antes de la alborada, y varias veces aún hasta la vuelta de la noche, para cantar la gloria de Dios y rogarlo, en presencia de los Ángeles como dice la Norma. La Iglesia recuerda sin cesar al monje que su principal obra es rezar y que toda su vida pierde su sentido si deja de buscar realmente a Dios en todo lo que hace. Las iglesias de los monasterios se construyeron generalmente en el estilo de su tiempo y con los materiales del país, de lo que resulta una gran variedad. Muchas son muy bonitas, ya que los que las construyeron deseaban que sean las más dignas posibles de Dios quien es total Belleza al mismo tiempo que todo Amor.

Conclusión

El monje presta en la vida simple y ocultada del monasterio un servicio humilde y noble.
Servicio muy noble en efecto ya que, estando siempre frente a Dios, el monje expresa, lo mejor posible, el deseo más profundo de la Iglesia que es el encuentro de su Señor: es para eso que ella canta su gloria, que explora su palabra, que sufre para reparar el mal, que ruega incansablemente para todos los hombres. Y así hace el monje.

Servicio humilde también, ya que el que se llama al monasterio sabe que Dios le eligió gratuitamente, sin mérito de su parte, y que si recibió mucho, debe a cambio ser generoso: estando generoso cada día, siente que la ayuda de Dios le es más que muy necesaria, así como el rezo de toda la Iglesia que le rodea. Cuando el monje ve algo de bien en su propia vida, que no se asigna el mérito, sino que vuelva de gloria a Dios que es el autor de este bien.

Por estas algunas reseñas, los monjes de Nuestra Señora del Monte de los Olivos querrían responder a la interrogación de sus amigos y visitantes. Numerosos vienen en peregrinaje a los benedictinos. Puedan dejar el monasterio bendecidos de Dios, más fuertes en la fe, la esperanza y la caridad, rogando para que sus hermanos monjes respondan a todo lo que Dios los pide.